Chela y el piloto: un cuento del Rally de Piquillín

Una falla mecánica dejó a un competidor fuera de carrera, pero también abrió la puerta a una historia inesperada entre mates amargos, charlas y la simpatía de una vecina de Piquillín de 91 años.

En una casa de Piquillín se generó una anécdota que no quedará escrita en ningún libro de tiempos, ni en una planilla de clasificación, ni en la hoja de ruta de una carrera.

Es una historia de esas que aparecen cuando el ruido de los motores se mezcla con una charla, cuando un día de competencia termina dejando algo mucho más valioso que un resultado.

La protagonista se llama Chela Troncoso de Morano. A sus 91 años y toda una vida en este pueblo que la vio crecer, convertirse en madre y abuela, a esta edad no pensó que aquella pasión que compartió con Quito, su desaparecido Marido, le daría la oportunidad de vivir tan de cerca un rally y tener una anécdota en la que fuera protagonista.

Cuando se enteró de la carrera, esperó ese momento con la misma ilusión de quien aguarda una visita especial, no a cualquiera el rally le pasa por el frente de su casa.

Ese día preparó todo. Se acomodó en la vereda, ese lugar desde donde podía ver pasar a los autos y, con un pañuelo en la mano, comenzó a saludar a cada piloto que pasaba. Uno detrás de otro, los vehículos iban rompiendo la tranquilidad del pueblo con el sonido de sus motores, mientras Chela disfrutaba como en su juventud.

Pero el rally, como la vida, también tiene momentos inesperados.

A pocos metros de su casa, uno de los autos tuvo un problema: una rueda se salió y el piloto quedó detenido, viendo cómo se escapaba la posibilidad de seguir en competencia.

Chela, atenta a todo lo que ocurría, llamó rápidamente a su hija Gisela para que fuera a sacar algunas fotos. Pero como todos quienes conocen a Chela saben, no podía quedarse solamente mirando.

Se acercó, con su paso lento pero firme y empezó a conversar con aquel contrariado piloto que acababa de recibir una mala noticia y, como buena anfitriona, le hizo una invitación que nadie esperaba:

-¿Querés unos mates?

El piloto aceptó, aunque puso una condición:

-Que sean bien amargos.

Entonces Chela buscó una silla, la acomodó frente a su casa y preparó el mate. Allí, en la vereda, donde minutos antes pasaban autos a toda velocidad, comenzó otra carrera: la de una charla entre dos personas que hasta ese momento no se conocían.

El piloto venía con la bronca lógica de haber quedado afuera. Necesitaba sumar puntos, porque la competencia era importante para su campeonato. Pero entre mates amargos, palabras y la simpatía de Chela, aquel mal momento empezó a quedar atrás.

El visitante era Sebastián Salazar, piloto de la categoría N2, que en el Rally Metropolitano había conseguido ganar dos tramos con su Volkswagen Gol antes del inconveniente que lo dejó fuera de carrera.

Ese día no pudo festejar un triunfo. No pudo sumar los puntos que buscaba.

Pero quizás se llevó algo que no aparece en ninguna tabla: el recuerdo de una vecina de 91 años que esperaba ver pasar el rally y terminó regalándole un momento único.

Porque a veces las mejores historias de una carrera no están en la llegada.

A veces están a un costado del camino, en una silla de madera, con un mate amargo en la mano y una charla que nadie tenía prevista.