“Luchamos para que la historia de Malvinas no muera con ellos”

Norma Beatriz Britos, viuda del excombatiente Luis Lucero, repasa su historia de vida marcada por la guerra, el abandono y la lucha por la memoria.

La historia de Norma Beatriz Britos está atravesada por la Guerra de Malvinas, pero no desde el campo de batalla, sino desde la espera, la incertidumbre y, luego, una vida entera de lucha junto a quien fue su esposo, el excombatiente Luis Lucero.

Cuando todo comenzó, ella apenas iniciaba una relación con Luis. “Nuestro noviazgo era reciente, pero yo estuve siempre pendiente, mandándole cartas”, recuerda. Él había sido convocado en enero (de 1982) para realizar el servicio militar en Córdoba y luego trasladado a Comodoro Rivadavia. “Cumplió años allá, le mandamos una torta y cartas, eso lo recibió”, cuenta.

Pero poco después, el silencio. A Luis le dijeron que iba a “conocer las islas”. Sin información, sin certezas. “Los llevaron en un Hércules, como animales, sin asientos, sin saber que iban a la guerra”, relata Norma. Del otro lado, en el continente, la incertidumbre también era total. “Se hablaba de un posible conflicto, pero hasta aquel 2 de abril nadie supo nada”.

Durante meses no hubo noticias. Las cartas dejaron de llegar. “Yo no sabía nada, la gente me preguntaba y no tenía respuestas”, dice. Mientras tanto, en el pueblo su familia hizo una colecta: “Recuerdo que mi abuela donó unos aros de oro grandotes. Mandamos chocolates, latas de picadillo… lo que podíamos”.

El regreso de Luis tampoco fue como se esperaba. “Un día llegó solo. Pasó por el bar de Suárez, después por mi casa y luego se fue caminando al campo de sus padres. Nadie lo llevó, nadie lo esperaba. Fue una sorpresa total”, recuerda. La escena, lejos de ser festiva, reflejaba otra realidad: el abandono.

“Llegaron como un palito, mugrientos, con la cara lastimada. Los alimentaron, los vacunaron y los largaron con lo puesto”, cuenta Beatriz sobre el regreso de Luis al continente, que tuvo que volver a Piquillín prácticamente a dedo, con ayuda de la familia de un amigo que le dio ropa, comida y algo de dinero.

La posguerra fue, para ellos, otra batalla. “Sufrimos mucho porque no conseguía trabajo. En el documento figuraba como excombatiente y no le daban, Le decían el loco de la guerra´, como a muchos de sus compañeros en Malvinas”, explica Beatriz. Durante diez años no hubo reconocimiento estatal, ni obra social, ni contención. “Recién en el ‘92 llegó la primera jubilación. Fueron años de abandono total”.

A eso se sumaba el silencio. “Él no hablaba con nadie de la guerra, ni con la familia. Se bloqueó”, dice. También cargaba con las secuelas físicas: “Estuvo más de 70 días mojado y con frío. Eso le quedó para siempre, en invierno se le adormecían las piernas”.

Pese a todo, formaron una familia. Se casaron en 1984 y dos años después nació su hija, Malvina Soledad. “Él había hecho una promesa: si volvía con vida, le iba a poner el nombre de las islas. Yo la respeté”, cuenta.

Los primeros años fueron difíciles. Sin trabajo estable y sin vivienda propia, fueron “rodando” de un lugar a otro hasta que con ayuda familiar, hasta que pudieron construir su casa en Piquillín. “Hacíamos lo que podíamos. Nos ayudaron sus padres, sus hermanas. Después consiguió trabajo en el campo, más tarde en un camión, y ahí nos fuimos acomodando”.

Con el tiempo, comenzaron a acercarse a actos y espacios de memoria. “La primera vez fue en Oliva, después empezaron a hacerse más actos en la zona. Nacieron las comisiones y empezamos a participar”. Hoy, Beatriz forma parte de una comisión departamental y del grupo Familia Malvinera, integrado por excombatientes, esposas e hijos.

“El objetivo es que los hijos sigan malvinizando”, explica.

Luis, como muchos veteranos, tardó años en poder hablar. Recién cerca de 2012, en una reunión con amigos, comenzó a contar lo vivido. “Dijo cosas que no le había contado a nadie”, recuerda. Incluso, cuando vio la película Iluminados por el fuego, no pudo terminarla. “Le afectaban los ruidos fuertes y la pirotecnia”.

A pesar de todo, Beatriz destaca que hubo un momento en que empezó a sentirse reconocido. “Se juntaba con ex compañeros, compartían historias, íbamos a actos. Eso lo hacía feliz”. Sin embargo, también le dolía la falta de reconocimiento en su propio pueblo.

Luis falleció en 2016, tras enfrentar un cáncer con la misma entereza con la que había atravesado la guerra. “Decía: ‘yo estuve en una guerra, de esta también voy a salir’. Nos daba fuerzas a nosotros”, recuerda.

Tras su muerte, ella tomó la posta en la lucha por la memoria. “Peleé mucho para que se lo reconozca, a él y a todos los veteranos. Logré que se haga el monumento en el paseo y el memorial en el cementerio, acá en el pueblo”, cuenta, aunque con una mezcla de orgullo y tristeza: “A mí me gustó, pero eso era lo que a él le dolía, que lo reconocieran después de muerto”.

Hoy, contenida por su familia, Beatriz sigue activa en la causa. “No tuve etapas de soledad, siempre estuve acompañada por mis hijos, que viven cerca”, dice.

Cada 2 de abril es una fecha central en su vida. “Luis nos inculcó eso: recordar”. Y esa memoria se transforma en acción. “Seguimos peleando para que el Estado los reconozca como se debe y para que no se pierda la historia”.

La convicción es clara: “Queremos que la historia de Malvinas no muera con ellos”.

Y, junto a esa lucha, también convive una emoción profunda. “Me da rabia e impotencia cuando alguien dice que las Malvinas no son argentinas. Y también que los gobiernos no hayan podido recuperarlas por la vía diplomática”, expresa.

Sin embargo, no pierde la esperanza: “Tengo fe en que algún día lo vamos a lograr. Sería algo hermoso”.

Porque para Beatriz, la guerra no terminó en 1982. Continúa en la memoria, en el reclamo y en cada historia que decide contar.